Descubriendo los arcoíris de Colombia

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Arcoíris en el Lago Tota, Boyacá
Arcoíris en la Vereda Salto de Bordones en Huila

José Miguel Gómez, fotoperiodista.  (https://www.tukanphoto.com/)

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Desde niño me gusta viajar por el país y muy pocas veces se dejaban ver porque son esquivos, sin embargo, allí están para quienes los perseguimos.

Siempre pensé que los arcoíris son una manifestación de Dios. Por algo existen estos arcos de colores que mágicamente se revelan después de una lluvia pertinaz o de esos aguaceros que al llegar la calma, los rayos del sol dejan escrita una frase en medio de las nubes como prueba de que no dependen de nosotros.

Desde niño me gusta viajar por el país y muy pocas veces se dejaban ver porque son esquivos, sin embargo, allí están para quienes los perseguimos. Estas manifestaciones de colores hacen parte del paisaje y repentinamente aparecen, por esto, si tenemos nuestra cámara, no hay más remedio que eternizarlos porque se van en segundos.

¿Qué es un arco iris, Señor? Un collar para los humildes” Lo escribió Jack  Kerouac, en su libro de los Vagabundos del Dharma. Así es como este caminante norteamericano de mediados del siglo pasado resumía con esta frase su convicción de que hay cosas que vienen de Dios. Esto me lleva a interpretar que a través de los viajes en un país colmado de interesantes texturas y colores como Colombia, con una bandera (amarilla, azul y roja), lo insinúa. Estos arcoíris emergen en lugares insospechados y se ven como pinceladas de una lluvia que ya pasó o quizás, como alguna que aún queda oculta.

De camino al departamento del Huila y del Cauca mis amigos y yo decidimos pasar un par de días en el Desierto de la Tatacoa. Justo cuando entrábamos al parque, estaba allí uno de ellos, como dándonos la bienvenida. Habitaba en medio de un cielo azul. Nos acompañó por un par de horas y no entendimos por qué estuvo tanto tiempo allí, en un lugar tan seco como lo es la Tatacoa. Las imágenes fueron de todos los colores y sabores. Maravillados y a pesar de ese intenso calor, no dejamos de observarlo y de consentirlo, haciéndolo nuestro. Allí quedó en medio de la tarde de aquel desierto que ahora el país no para de visitar.

Al pasar por el departamento del Cauca, de camino al volcán Puracé, atravesando unas de esas carreteras donde no hay remedio que parar a observar los ocasos, emergió otro; – usualmente, al final de la tarde es cuando suelen aparecer -. El sol descendía y se contrastaba con las nubes densas que dejaban las tormentas lejanas, y allí estaba esa otra pincelada de luz al final del día en el parque nacional Puracé. Así es la mejor manera de entenderlos: esperando a que ellos se marchen, porque si nos vamos antes de apagarse es como si los dejáramos inconclusos.

En otra ocasión al atardecer por el río Inírida, al regreso de visitar los cerros de Mavecure en el Guainía, apareció uno enorme, de gran calibre; emergió como si nos acompañara o quizás como si fuéramos unos viejos conocidos. Duró muy poco pero fue suficiente para enmarcar esa selva que nos llevaba a la frontera con el Río Orinoco. Alguna vez al amanecer uno se dejó ver desde un balcón del lago Tota, este significó una despedida de un hijo que partía.

Cada arcoíris tiene un propósito o quizás una propia melancolía y si los buscamos allí van a estar, como ese que emergío en el raudal de Jirijirimo, o como aquel que apareció como un rayo de luz en una vereda del Salto de Bordones en el Cauca; parecía que apuntara a una finca para alimentar el aroma de su café. O como no recordar aquel desde la ventana que nacía desde un edificio aledaño en Bogotá porque en la capital son hermosos, o aquel en la laguna de Guatavita que pareció sumergirse como buscando un tesoro escondido descendiendo hasta el fondo de sus aguas.

Hay quienes buscamos los arcoíris pero ellos al final son los que eligen quien debería contemplarlos.

 

Por José Miguel Gómez.

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