Macondo a ritmo de acordeón

Foto: Marca País Colombia

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 ¿Por qué García Márquez amaba tanto el vallenato? Esta es la historia de la estrecha unión entre nuestro Nobel y las notas del acordeón.

Quizás la mejor manera de explicar la relación de nuestro Nobel Gabriel García Márquez con la música vallenata la proporcionó él mismo a finales de los años sesenta, cuando describió “Cien años de soledad” como “un vallenato de 400 páginas”. Que haya escogido su obra más importante –y una de las novelas imprescindibles en la historia de la literatura– para compararla con la música del Caribe, demuestra lo importante que fue el acordeón en la vida del creador de “Macondo”. No podía ser de otro modo.

Ya desde mucho antes había comenzado su estrecha amistad con Rafael Escalona, uno de los compositores más importantes de la música vallenata. “Gabo es uno de los mejores cantantes de vallenato que yo haya conocido. No lo digo por complacerlo sino porque en nuestras parrandas en Valledupar y en La Guajira se emocionaba mucho y de pronto se ponía a cantar”, escribió hace un tiempo Escalona en la revista Semana. El propio Francisco el Hombre, que aparece retratado en las páginas de Cien años de soledad («un anciano trotamundos de casi doscientos años que pasaba con frecuencia por Macondo divulgando las canciones compuestas por él mismo»), está inspirado en el compositor de “La casa en el aire”.

Los primeros textos periodísticos de Gabo en el diario El Universal, de Cartagena, incluían frases que ya vislumbraban su pasión por este ritmo: “No sé qué tiene el acordeón de comunicativo que cuando lo oímos se nos arruga el sentimiento”. Y más adelante, durante toda su carrera periodística y literaria, el Nobel se encargó de destacar un género que gracias a su aporte logró volverse universal. ¿Por qué lo amaba tanto? Una vez más la respuesta la dio él mismo en una entrevista: porque, al ser el instrumento de los juglares que iban de pueblo en pueblo llevando historias, el vallenato tiene un origen narrativo. Y nada le gustó más en la vida a nuestro Nobel que contar historias. 

Macondo a ritmo de acordeón
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